Los límites del feminismo de Ignatius: un post desactualizado.

Ignatius

Yo defiendo la idea radical de que las mujeres debemos ser iguales en derechos, deberes y oportunidades a los hombres, por lo que, de acuerdo con su definición de la RAE, me considero una persona feminista. O más bien trabajo para ser una persona feminista.

Digo que trabajo para serlo porque la realidad es que todos hemos sido educados en una sociedad machista y el hecho de que yo sea más o menos consciente de la gravedad de la situación de desigualdad actual no hace desaparecer de forma automática todo el bagaje aprendido durante toda una vida. Así que, aunque trabajo para ser feminista, en realidad sigo siendo machista, aunque me duela admitirlo.

Cuando escribí mi primer cuento infantil para la versión en papel de Principia Kids tuve el honor de recibir en facebook un mensaje de un antiguo compañero de clase que había comprado la revista. Me dijo que era una maravilla, pero señalaba que la mayoría de los protagonistas eran chicos. Era algo en lo que yo no había caído para nada, pero desde entonces escribo más cuentos con protagonistas chicas, y además me gusta jugar con los papeles de los adultos en las historias (madres en puestos directivos, abuelos que cocinan…). Me encanta que Hugo me hiciera ver esto porque tenía razón y a una siempre le gusta aprender cosas.

Hay otras cosas que no han calado en mi de igual forma. Por ejemplo, no utilizo lenguaje inclusivo porque me parece agotador. Sí intento utilizar palabras que incluyan los dos sexos (personas, pareja…) pero nada más. Digo que mi hermana Pati es médico porque decir médica me suena tan bien como decir periodisto. No me gusta usar la palabra presidenta porque es como decir capilla ardienta. A veces me río con un chiste machista, aunque me joda y luego reniegue, porque no controlo mis reacciones más primarias. En muchos sentidos soy una mala feminista, porque como ya he dicho, en realidad soy machista, aunque trabaje para cambiarlo.

Y es que ser feminista es muy difícil, y escribir sobre feminismo lo es más todavía. Lo comprobé el día que salió a la luz este artículo en Principia con motivo del día contra la violencia contra las mujeres. Recibí muchos halagos, y también me cayeron palos por hablar solo de parejas heterosexuales o por no hablar con lenguaje inclusivo. Es algo que me planteé antes de escribirlo, pero decidí hacerlo así igualmente, por lo que no me quedó más remedio que aceptar las críticas.

Hace unas semanas participé en un hilo de twitter bastante provocador, pero no he tenido tiempo de escribir esto antes, y por eso este post está desactualizado. Al parecer Dani Rovira había hecho un comentario sobre un anuncio de lencería que fue tachado de machista. Su amigo Ignatius, que anteriormente se había autoproclamado feminista, salió en su defensa para dejar claro que su amigo Dani no es machista y pidiendo autocrítica en el movimiento hacia las feministas “que se columpian” (a sus ojos, claro).

El feminismo no es una religión ni un partido político. No tiene una jerarquía ni un ser superior que nos diga dónde está su límite o por qué cosas sí y por qué cosas no nos podemos quejar, gracias a Darwin. Puede que tanto Dani Rovira como Ignatius sean conscientes de la desigualdad en la que vivimos las mujeres, pero eso no significa que hayan dejado de ser machistas de forma automática, al igual que yo tampoco lo he hecho.

Creo que sería mucho más constructivo que nos planteáramos la posibilidad de que si un comentario enfada a 300 personas, de verdad pueda ser desafortunado, en lugar de pedir la autocrítica del movimiento feminista. Y es que hay aspectos del machismo que tenemos tan dentro que nos alucina que no sean aceptables. En este caso se trata del problema de la cosificación, y voy a hablar de lo interiorizado que lo tenemos a pesar de que este post ya está quedando muy largo.

La gran mayoría de los hombres blancos, cisexuales y heterosexuales en este país tienen al menos un grupo de whatsapp en el que solo hay chicos y se pasan el día pasándose fotos de mujeres desnudas y vídeos de sexo “casero”. No se plantean si esas fotos o esos vídeos han sido tomados y distribuidos con consentimiento. Bueno, no es que no se lo pregunten, es que les da igual, se trata del cuerpo de una mujer y ellos pueden ver, comentar y distribuir impunemente porque sí y punto. Tienen la cosificación tan aceptada que sencillamente ni se plantean que ellos no tengan derecho a hacer eso, (eso sí, no lo hacen en los grupos donde hay mujeres, curiosamente). Hablando de esto con un amigo la otra noche me dijo “pero si un tío hace un vídeo mientras se está acostando con una chica, es imposible que ella no se de cuenta”. O sea, ahora resulta que para tener sexo con un chico y que tu polvo no se convierta en viral tenemos que estar alerta para que no nos graben… Vamos, si la cosa está así os digo que si se me tuerce el matrimonio me paso al lesbianismo.

Cuando estuve de erasmus en Noruega me preguntaron varias veces porqué yo tenía dos apellidos. Recuerdo que un amigo alemán alucinó con el hecho de que mi padre y mi madre no se apellidaran igual. Simplemente no le cabía en la cabeza. “Pero, ¡si da igual!” decía. No me lo podía creer. “¿De verdad te parece que perder tu nombre da igual?”. Quiero pensar que en España estamos de acuerdo en que esa costumbre es bastante machista, y si en otros países no lo piensan solo es porque lo tienen tan interiorizado que ni se lo plantean. No queridos, no nos hemos vuelto locas, sencillamente sois más machistas de lo que creéis. No os vamos a dejar que pongáis vosotros los límites del movimiento. Sois bienvenidos, podéis solidarizaros con nosotras, pero no nos vais a decir hasta donde tenemos que llegar. No nos pidáis que entremos en una guerra interna. Ahora encontraréis sororidad: el chollo de que nos dediquemos a criticarnos entre nosotras ya se os ha terminado. El feminismo es mucho más importante que todo eso.

 

 

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